Madroño ejemplar del Jardín del Parterre. El Ocaso de un gigante.

Si hay un árbol que llama la atención, más por lo maltrecho y decrépito que por otra cosa, es el Madroño ejemplar del Jardín del Parterre, frente al Palacio Real de Aranjuez.

De unos 13 mts de altura y con unos 125 años más o menos, el madroño se encuentra en fase de clara decadencia. Pero ahí sigue, resistiendo como un campeón.

Madroño ejemplar en la pradera cercana al Palacio Real de Aranjuez

Los madroños son arbolillos de mediana altura con tronco rojizo más o menos cubierto de largas escamas grisáceas, con ramas grises y hojas aserradas y perennes. Su hábitat natural son bosques mixtos de barrancos y desfiladeros fluviales, y en laderas en encinares o robledales, desde el nivel del mar hasta 800 a 1200 m de altitud. Es decir que, a pesar de proclamarse a los cuatro vientos que es una especie autóctona de España, no lo es de todas sus regiones.

Y ya que estamos, ¿por qué es símbolo en la Comunidad de Madrid junto al oso?  Lo del animal, parece ser que la zona de Madrid se denominaba en principio “ursa”, quizás debido a la presencia de este en sus bosques (hablamos de tiempos lejanos, y bastante). Respecto al madroño, inicialmente en el escudo de la Comunidad se hallaba una torre, pero debido a un conflicto entre la iglesia y la Villa de Madrid, se optó por sustituirlo por esta planta que abundaba en ciertos lugares de la zona. Y así se quedó (aunque repito que el madroño no es adecuado para muchos de los terrenos de la propia Comunidad de Madrid)

Son muchos los usos del madroño, pero quizás el uso comestible de sus frutos sea el más conocido. Se hacen con ellos mermeladas y confituras de madroño. Los frutos también pueden aprovecharse para obtener bebidas alcohólicas por fermentación y de ellos se extrae, por ejemplo, el «licor de madroño». En tiempos pasados se obtenía azúcar de esta planta. La corteza se ha utilizado en medicina natural como diurético, astringente y antiséptico urinario y renal.

Entre los romanos era un árbol sagrado, dedicado a la ninfa Carna, la cual protegía el umbral de la casa. También ponían ramas sobre los féretros. Los griegos clásicos hacían flautas con su madera y los pajareros en la España del siglo XVIII usaban las semillas para coger pájaros en invierno.

Según la mitología griega, el nacimiento de este árbol del madroño es tal y como sigue. Gerión, rey mítico del reino de Tartessos y monstruo gigante formado por tres cuerpos con sus respectivas cabezas y extremidades. Como décimo de sus doce trabajos, el semidiós Heracles (o Hércules según los romanos, no lo olvidemos) le robó el rebaño que tenía de vacas rojas y bueyes. Gerión fue en busca de venganza y luchó contra el héroe. Pero éste le lanzó una flecha envenenada con el veneno de la Hidra, que atravesó sus tres cuerpos y acabó con sus tres corazones. De la sangre del gigante se cuenta que brotó un madroño que daba frutas sin hueso en la época en la que salen las Pleyades (uno de los cúmulos de estrellas que mejor se ve a simple vista)

Heracles luchando contra el gigante Gerión en Cádiz.

Sea como fuere, el visitante de invierno puede tener ocasión de ver los madroños en los distintos estados y juntitos en el mismo árbol. Es decir, flores y frutos a la vez.

Por cierto, el madroño o Arbutus unedo según su nombre latino, quiere decir “solo puedes tomar uno”. Y eso se refiere a los frutos, que tienen contenido alcohólico.

Ojito con esto y avisados quedáis.

Los ahuehuetes, gigantes llegados de lejos

El ahuehuete es uno de los tipos de árboles que llaman más la atención del visitante que se adentra en el Jardín del Príncipe. Sin embargo pocos saben qué es lo que están viendo. Gigantes desconocidos en comparación a los archifamosos plátanos de sombra. Árboles de procedencia mexicana, probablemente, de los tiempos en que los reyes de España mandaban recoger semillas de allende los mares y los traían a Aranjuez, sobre todo al Jardín del Príncipe. Verdaderos gigantes llegados de lejos.

Bosque de Taxodium mucronatum o ahuehuetes a la entrada del Jardín del Príncipe

El término ahuehuete viene del  náhuatl ahuéhuetl, «tambor de agua», o más correctamente «viejo del agua”, por sus raíces atl: «agua», y huéhuetl: «viejo». Y quizá también por la apariencia de anciano canoso. Otro nombre por el que se le conoce al Taxodium mucronatum es el de ciprés de Montezuma. Se dice que los que llegaron a la localidad provienen del árbol de Tule, un inmenso ejemplar situado en Oaxaca (México) de tiempos del último rey azteca.

El ahuehuete, entonces, es una conífera y forma parte del grupo de los pinos, cedros, enebros y abetos. Pero lo especial es que se trata de una especie de hoja caduca al contrario de todos los árboles anteriores. Aunque, mejor dicho, hablemos de hoja de tipo marcescente. Esto quiere decir que permanece seca en el árbol hasta que los nuevos brotes de la primavera las hacen caer, y el suelo quedará plagado de ramitas de color parduzco. Su altura vira de 20 a 30 mts de altura, con troncos extremadamente gruesos y copa abierta e irregular. Tiene raíces enormes, extendidas y tortuosas. De corteza suave, color café, se desgarra en tiras longitudinales más o menos entrecruzadas y de estructura fibrosa. Su crecimiento es lento y su edad se mide en centurias.

Un magnífico coloso.

Desde la Puerta de la Plaza Redonda (segundo portal del Jardín del Príncipe) es fácil llegar hasta un impresionante bosque que, aunque parezca increíble, todavía no tiene la categoría de “singular”. Ni siquiera está anunciado en ningún sitio. Un grupo de ahuehuetes se alzan elegantes y altivos diseminados en medio de una pradera, ofreciendo sombra al viajero incluso en las horas más calurosas del verano.

Ahuehuete Singular a los pies del Estanque de los Chinescos, del arquitecto Juan de Villanueva.

Algo más al interior, además, en el Estanque de los Chinescos, encontraremos el árbol Singular, categoría que la Comunidad de Madrid otorga a los mas especiales y únicos, más antiguo de todos los catalogados así en Aranjuez: un espléndido ahuehuete que vierte sus hojas al estanque obra del arquitecto Juan de Villanueva. Con unos 250 años y más de cuarenta de altura, aunque no tan elegante como sus hermanos, se oculta en parte entre otros árboles.

En este caso es mejor ir en invierno, cuando la ausencia de hojas nos permite disfrutar bien de las alturas y descubrir su enorme porte. Si eres amante de los árboles es una visita que no te puedes perder (si la tortícolis te deja, claro).